7 de enero

Lo conocí en un bar, por aquellos días yo acostumbraba ir sola a tomar una o dos cervezas a ese pequeño lugar para borrachos solitarios; recuerdo que hacía demasiado frio como para beber cerveza, pero necesitaba refugiarme en algo, iba vestida casi como un muchacho porque no quería que nadie se me acercase, pero al parecer el no entendió la señal; llamó mi atención desde el momento que entró al bar; alto, delgado, su cabello algo largo y alborotado le daba una apariencia despreocupada, guapo aunque oculto detrás de unas gafas, se dio cuenta que lo observaba y se acerco a mi con decisión, -¿puedo sentarme aquí?- me preguntó, sólo asentí, pidió una cerveza y se quedo callado mirándome por un momento, yo estaba asustada no sabía que era lo que pretendía conseguir con esa actitud, saco una cajetilla de Malboro de la bolsa de su chaqueta y me ofreció un cigarrillo, lo acepte, inmediatamente saco cerillas y lo encendió; el seguía sin decir una sola palabra, yo tampoco tenía mucho que decirle a ese desconocido, sin embargo no dejaba de mirarme y eso me incomodaba, -¿Qué tanto me vez?- le dije con voz fuerte rompiendo el silencio mientras golpeaba la mesa con la cerveza, -nada- me contestó y encendió un cigarrillo para el, permanecimos así por dos horas aproximadamente hasta que ya mareados por la cerveza comenzamos a platicar, su nombre era Gabriel, argentino, 21 años, un tipo bastante agradable con mas de cinco cervezas encima; de repente miré el reloj, eran más de las dos de la mañana, me paré violentamente de la mesa y le dije que tenía que marcharme, pero antes de que pudiera hacer algo, me tomo fuertemente del brazo y con una pluma escribió unos números sobre mi brazo, números que más bien parecían jeroglíficos, ya no le dije nada y me marche rápidamente.

Pasaron dos semanas antes de que decidiera llamarle, pero finalmente lo hice, me contestó con su particular acento una mezcla entre argentino y mexicano, acento que obtuvo después de casi diez años de vivir aquí, le dije que era la chica del bar y por su respuesta, supe que le alegró mi llamada, quedamos de vernos en una plaza, cuando llegué el estaba sentado esperándome, se veía muy diferente al chico aparentemente rudo que había entrado al bar aquella noche; esta vez traía un abrigo negro y una bufanda gris en su cuello, en la mano llevaba un ramo de rosas rojas, -¿son para tu madre?- pregunté en tono de broma, el no pareció entender mi sentido del humor y sólo se limitó a sonrojarse y darme las flores, -No, son para ti- ya no dije nada más; paseamos por todo el centro histórico, entramos a beber café a una cafetería, fue una tarde muy agradable y más por que ninguno tenía ni idea de lo que nos aguardaba.

Estuvimos seis meses juntos, salíamos a comer, íbamos cada fin de semana a aquel bar, el ya tenía planes para casarnos, yo sólo le decía que si a todo porque no quería discutir con el, cosa que casi siempre hacíamos, discutíamos a todo momento, por cualquier cosa, pero el siempre me decía una frase de Fito Paez “Si lo que nos separan son nuestras ideas, dejemos de pensar un poco, en homenaje al amor” sin contar las peleas todo era perfecto; un día nos quedamos de ver en el lugar de siempre, el llegó un poco mas tarde que de costumbre, pero esta vez algo había cambiado, cuando lo vi caminando hacia mi entre la gente, algo golpeo mi pecho, fue como un viento helado atravesando mi corazón e inmediatamente corrí a abrazarlo y no pude evitar llorar, -¿Por qué lloras tonta?- me preguntó con suavidad, -prométeme que nunca nos vamos a separar- le dije, pero el se quedó callado y sólo acariciaba mi cabello, lo empuje con violencia mientras le pedía casi a gritos que me lo prometiera, -No- me dijo sin poder mirarme a los ojos, -¿Por qué?- pregunté, el sólo volvió a abrazarme y no dijo nada más, estuvimos juntos toda la tarde, estuvo bien, pero había algo extraño en el ambiente, el tenía la mirada perdida y su sonrisa era más bien fingida y triste, ya en la noche cuando me dejó en la puerta de mi casa, me besó en los labios y me dijo –te amo- fue lo último que escuché salir de su boca.

No pude dormir bien en toda la noche y a la mañana siguiente le llamé a su celular varias veces, pero no me respondía, decidí ir a su casa a buscarlo, cuando llegué, su madre lloraba sobre el volante del carro, vestida de negro, pensé lo peor, -¿Qué pasa Florencia?- pregunté, ella voltio a mirarme, sus ojos estaban rojos, me pidió que me subiera al carro y después de media hora pudo contarme lo que había pasado; la misma noche anterior, mientras Gabriel conducía hacia su casa, una bala perdida atravesó su cerebro, inmediatamente perdió el sentido y su carro se estrello contra un poste, inevitablemente perdió la vida, yo no sabía como reaccionar, sólo me solté a llorar.

Han pasado mas de  2 años desde su muerte y recordarlo aun me duele, y todo por la culpa de algún irresponsable que lanzo un tiro al aire sin saber que podría arruinar la vida de muchas personas y terminar con la vida de alguien maravilloso.

El murió un 7 de enero y una parte de mi murió con el

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yo soy tu padre

4 Respuestas a “7 de enero

  1. MP

    Se lo que se siente :(

  2. Herr Lorre

    Que difícil superar algo así.
    :(

  3. Anónimo

    El final de tu historia se ve muuuy forzado…

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