Fabio

Fabio se levantó tarde ese jueves pese a que no había dormido nada bien. Su esposa ya había terminado de hacer el desayuno y estaba encaminada a llamarlo cuando vio a éste sentado en el borde de la cama meditabundo. Lo miró con extrañeza, pero no dijo nada, llevaba un par de días así y podía ser cualquier cosa, como que cada vez estaban más endeudados, como que sus padres comenzaban a resentir el mantener a dos familias o como que en el trabajo las cosas no pintaban nada bien. Regresó su esposa a la cocina y decidió que levantaría a su niña más tarde, cuando Fabio ya se hubiera ido. Él tomó un regaderazo rápido y se dejó la sombra de la barba, pensó en lo absurdo que era preocuparse por esas cosas. Se vistió sin prisa y salió a la cocina. Simplemente se sentó y comenzó a comer. Su esposa lo miró de reojo e hizo una mueca parecida a una sonrisa, una sonrisa triste, lastimera. En su mente revivió aquellas mañanas cuando él se acercaba a ella rodeando con las manos su cintura y le decía suave al oído que la amaba, que ella era todo para él. Esas mañanas por lo general tenían que ser muy cuidadosos para evitar ser sorprendidos por su hija y rápidos para que él llegara a tiempo a la planta. A pesar del embarazo no deseado y de los problemas económicos que eso contrajo, jamás Fabio dejó de decirle a su esposa cuán enamorado estaba de ella, cuánto le gustaba su piel, sus labios, sus ojos. Suspiró y volteó a ver a su marido. Estaba cabizbajo, mirando el plato con el desayuno, pero completamente ausente. Le preguntó su esposa si comería algo, a lo que él respondió que no tenía hambre, se levantó y se fue. A ella la dejó con un vacío enorme, pensando en que era la culpable de que estuviera así. Se atormentaba pensando en que tal vez era ahora que comenzaba a pesarle a él haberla embarazado, haber tenido que casarse con ella y dejar la escuela donde todos siempre le decían que era el mejor, que llegaría lejos. Vio a su pequeña salir de su habitación frotándose los ojos y le sonrió. Su pequeña hija tenía ya tres años, pero se quedaba en casa puesto que llevarla a la escuela representaba un viaje de una hora. La besó en la frente y la cargó hasta su silla para que desayunara. La niña la miró como si acabara de recordar lo que tenía que preguntarle y le dijo -¿Cuándo llegará mi hermanito, mamá?- Su mamá hizo una cuenta rápida en su cabeza y con los ojos abiertos le contestó que aún faltaba mucho, que cuando el día estuviera próximo, ella se lo diría. La niña hizo un gesto y comenzó a comer.

Fabio habría querido que ese día el tiempo se detuviera, por el contrario, todo parecía funcionar a la perfección y terminó llegando con media hora de anticipación a la cita. Maldijo las veces en las que, por culpa del pésimo servicio del transporte urbano se le había hecho tarde y maldecía aún con más fuerza el que hubiera llegado antes aquel día. Subió por las escaleras para tratar de hacer un poco de tiempo, pero por más que se esforzó, aún faltaban quince minutos para su cita cuando llegó al consultorio. Iba pensando ya en lo eterno que le iba a parecer ese cuarto de hora, cuando la recepcionista lo reconoció y, a través de una llamada, confirmó que Fabio podía entrar ya con el doctor. Fabio recordó las ocasiones anteriores en las que había tenido esta sensación. Cuando su mamá había descubierto varias monedas guardadas entre su ropa, las cuales había robado de casa de uno de sus amigos. La vez que una niña lo había acusado con la maestra por haberle levantado la falda. La vez que junto con sus primos chocó el carro de su tío, el cual habían tomado sin permiso. En todas aquellas ocasiones la sensación había sido la misma: un frío que le paralizaba el cuerpo mientras sentía el universo ir muy despacio. Las palabras le retumbaban en la cabeza, pero apenas podía entender lo que decían y un estremecimiento, una opresión en el pecho, una ansiedad que le impedía darse cuenta si estaba respirando o no. Tomó el sobre temblando y sin decir una palabra salió del consultorio rumbo a su casa. Durante el trayecto iba divagando sobre todo aquello, sobre cómo fue que pasó, cómo pudo suceder el que todo se le saliera de control. Se llamaba “pendejo” una y otra vez. No podía comprender cómo era que él, una persona casada, casada con una mujer inteligente, hermosa, apasionada y enamorada de él hubiera cometido la estupidez de contratar una prostituta. No lograba explicarse el porqué de sus actos. Estaba claro que ella había sido la primer mujer en su vida y que tal vez no fuera la mejor amante, sin embargo, sus experiencias con mujeres de la calle siempre le dejaron un pésimo sabor de boca y eso jamás ocurrió con su esposa. Pensaba en todas las veces que pasó por esas calles y trataba de imaginarse quién de todas ellas había sido la culpable. Pensó en que podía tratarse de más de una. En seguida pensó en que podría tratarse de todas sin excepción. Pensaba de una manera rencorosa, imaginaba con llegar a su casa, cargar la .45 que le había regalado su padrino, aquella que le diera un Año Nuevo e ir a buscar a todas esas mujeres para hacerlas pagar por haber arruinado su vida. Esos pensamientos ocupaban su mente cuando de nuevo aquella terrible sensación lo invadió de lleno. Su esposa y seguramente el bebé que cargaba en su vientre también estaban infectados. No salió de ese trance hasta que vio su calle por la ventana del autobús. Al llegar a su casa su esposa lo miró perpleja. Él iba completamente fuera de sí, con los ojos desorbitados y un andar tembloroso. Su esposa comprendió que algo estaba mal, muy mal, pero no se atrevió a hacer nada más que sentarse y llorar en silencio mortificada por lo que pudiera ser y no podía siquiera preguntar. Fabio llegó hasta su cuarto y a tientas buscó sobre el viejo ropero, también regalo de uno de sus tíos. Encontró la .45, la cargó, cortó cartucho y se sentó en su silla dejando a sus espaldas la puerta abierta. Rodaron varias lágrimas por sus mejillas, miró hacia arriba y sin que las palabras salieran de su boca, pidió perdón. Levantó su arma, se la metió a la boca y justo cuando jaló el gatillo sintió la mano de su niña tocándole el hombro mientras lo llamaba. La bala le atravesó la columna vertebral a Fabio, dejándolo tetrapléjico. A su hija le atravesó la cabeza.

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Acerca de Wayito

I'm a very special nobody.

7 Respuestas a “Fabio

  1. elcrayon

    O sea que Brian siempre supo que era una conspiracion del FBI? O solo fue una victima mas de ese juego sucio elaborado por instituciones corruptas y sin rostro? Lastima

  2. tristemente es la historia de muchos hombres

    • ¿Quedar paralíticos, con Sida e igualmente su mujer y su hijo no nato y además matar por error a su hija que no estaba infectada?

      Caramba, por eso no hay Hombre, casos de la vida real. Serían puros episodios repetidos.

  3. weeeeee me dejaste sin palabras, es lo más pinche triste que he leído we, es que we, la vida no quería a ese dude? aaaarrrrggggg, estoy traumatizada de por vida :(

  4. Herr Lorre

    Y por eso es importante el uso del condón.

  5. Manuel

    Si el balazo fue a la altura de la garganta no pudo haber sobrevivido, las primeras 9 vértebras son cervicales y un daño ahi es mortal por necesidad, y si sobrevivió (cosa muy improbable) hubiera quedado cuadra o tetraplégico.

    Pinche weyito… jaja buen relato creo que voy ir por unas putas…

    • Se supone que es pura ficción y traté mucho de investigar esto, I fucking swear!, pero nunca encontré cómo es que ocurren los suicidios fallidos, así que se me ocurrió de esta manera. Te agradezco mucho a ti y a todos sus comentarios, a petición tuya voy a cambiar eso de “paralítico” (que sé que es bastante ambiguo) por tetraplégico.

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