Predicando con Tolerancia y Golpes de Amor

I

Mario quería asegurarse de que todas las personas en el camión se hubieran bajado antes de salir, pero uno de esos viejitos que se quedan dormidos durante el trayecto parecía no percatarse de que ya habían llegado a la última parada: La central de autobuses de Salinas.

“Pinche viejito hijo de toda su puta madre” — pensó Mario — “¿Cómo putas se puede dormir con la peste a miados y los niños llorando todo el camino?”

La verdad es que Mario comenzaba a cagarse de miedo. Llevaba en su mochila una pistola que le compró a un amigo de un amigo que trabajaba de guardaespaldas de uno de los riquillos de la ciudad. Por eso quería ser el último en bajarse pero este señor le entorpecía todos sus planes. Siempre había algo que le arruinara sus planes. Es como aquél libro que le gustaba tanto, El Alquimista. La diferencia con él era que todo el universo se ponía de acuerdo para arruinarle sus planes.

Ya para no verse más sospechoso Mario comenzó a caminar hacia la puerta de salida. Haciendo hacia un lado con sus pies botellas de plástico de Coca-Cola y pañales hechos bola, seguramente llenos a punto de reventar de mierda. Cuando pasó junto al anciano lo miró por unos segundos. Con la boca abierta y una mosca encantada por el olor que de ahí emanaba. A Mario nunca le gustaron los viejos, siempre le dieron asco, quizás en parte por las cosas que vivió siendo niño…

— ¡¡¡NO VAYAS A HACER UNA PENDEJADA!!! — gritó el anciano, agarrando fuertemente una de las muñecas de Mario con sus esqueléticas manos y pelando los ojos llenos de lagañas y manchas grises.
— ¿Qué? — alcanzó a reclamar Mario mientras forcejeaba — Yo no estoy haciendo nada.

Mientras trataba de zafarse, Mario alcanzó a ver al conductor del camión tratando de ver qué sucedía. Cerró los ojos y pensó que ya se lo había cargado la chingada. O que quizás el viejo era un brujo que sabía lo que él iba a hacer en Salinas y le advertía de no cometer una estupidez. El viejo, por su parte, era un jubilado que pensaba que le iban a robar los pocos pesos que traía encima.

— Ya, Don Roberto, deje al muchacho — dijo el conductor. Don Roberto soltó a Mario mientras lo maldecía y le llamaba pendejo e hijo de puta. — ¿’tas bien? — le pregunta el chofer a Mario — Acá el Don es muy precavido, ya van varias veces que le chingan aquí en los camiones lo de la despensa. Mejor cáele antes de que te la haga más de pedo, ándale.

Sin hacerla más de pedo, Mario se bajó del camión y corrió por tres cuadras antes de que le empezara a doler a la derecha del estómago. Para sentirse seguro abrió la mochila y tocó la pistola pensando de nuevo en que había regresado a Salinas para matar al Padre Zárate.

II

Pasó de largo por la iglesia al sentir nervios en la panza que confundió con hambre. “Es normal”, pensó. No todos los días se mata a un hijo de puta. “Pueblo chico, Infierno grande” pensaba Mario mientras sacaba su gorra imitación Eddie Bauer para, según él, pasar desapercibido. Después de todo muchos de sus amigos nunca salieron de Salinas y siguen ahí. Pensando en lo que iba a hacer no quería que nadie supiera que él anduvo siquiera cerca de la ciudad “Pero ya qué”. Logró pasar por la plaza y vio a la famosa Lupita, la que se quería coger en la prepa, trabajando en la vieja nevería que ahora era un centro de distribución y recargas movistar.

Vio un puesto nuevo de carnitas y no lo pensó dos veces. Se metió con el antojo y empezó a hacer su orden, una muy pesada porque no quería matar con el estómago vacío. Ya el pensar de ese modo lo hacía sentirse muy chingón y sentía como sus huevos se triplicaban de tamaño.

— ¡¿Mario?! ¡¿Mario Peña?! ¡Cabrón…! — le empezó a gritar uno de los carniceros mientras se agachaba tratando de verle el rostro bajo la visera de la cachucha. “Ya me llevó la chingada”, pensó Mario. — ¿Ya no te acuerdas de mí, ¿Verdad, cabrón?

Y no, no sabía quién era esa persona debajo de los bigotes de lápiz, la obesidad, la playera y el mandil llenos de sangre y el gorrito de carnicero.

— ¡A que no me reconociste por el bigote! ¡Soy el Paco, tu cuate! — dijo, saliendo del mostrador y levantando los brazos para darle uno de los abrazos más incómodos.
— Pinche Mayito culero, ya te hacíamos muerto ingrato, ¿’Pos ‘onde andabas?
— ‘Pos estudiando… — contestó «Mayito» a regañadientes.
— Cómo estarás pendejo cabrón. Pudiendo andar aquí, en la chinga haciendo dinero… — Mario voltea la cabeza hacia otro lado como un niño regañado, sabiendo que ha escuchado esta conversación cientos de veces y sabiendo que no tendría cómo defenderse pues la vida de un profesionista recién egresado es dura sin las palancas adecuadas — ¿Y a qué viniste, cabrón? ¿Vienes a visitar a tus jefes ahora que va a ser día de los muertos? Pinche hipócrita, cabrón, ‘nomás así te acuerdas de ellos.
— No venía a eso… — se detuvo Mario pensando — …pero ‘pos ya que estoy aquí igual ‘goaverlos.
— Pinche Mayito pedero, provecho cabrón. Esta te la invito yo. —

Mario se sentó en la mesa con medio kilo de carnitas envueltas en papel del que usan para envolver las tortillas, transparente ahora por la cantidad de grasa y comenzó a comer con un amargo sabor en la boca. Maldiciendo al pinche Paco que según él la hizo en grande por poner su propio negocio. “Pinche Paquito pendejo” murmuró para sí mismo Mario mientras comía satisfecho por fin de saber que paco no recibiría un centavo suyo.

III

Se detuvo frente a la iglesia y la vio de abajo parra arriba. Porque muy en el fondo lo hacía sentir muy chingón. Así, como en la película de Machete que había descargado de Internet la semana pasada. Pero lo único que pasó por su mente fue el Padre Zárate apretándole una nalga mientras metía su otra mano debajo de la falda de monaguillo del pequeño Mario y jugaba con sus pequeños testículos y miembro. Mario abrió los ojos y pensó para sí mismo: “Ahora sí a este hijo de su puta madre ya se lo cargó la chingada”.

No fue nada como lo imaginó. En lugar de entrar y disparar balazos a diestra y siniestra entró a una oficinita donde la secretaria lo hizo que se sentara y que esperara a que se desocupara.

Después de ver todos los arreglitos de la oficina incluyendo una figura de San Judas Tadeo volteado de cabeza la secretaría le preguntó que necesitaba.

— Andaba buscando al Padre Zárate… — responde Mario.
— ¿Andabas o andas ‘mijito? — Lo interrumpe la secretaria.
— Ando…
— ¿Y para qué lo quieres? — Le pregunta finalmente sin haber levantado ni una sola vez la vista para verlo a los ojos. Enfrascada en algún test de alguna revista de Cosmopolitan. Mario, por su parte, ya había realizado más de cuatro segundos de silencio.
— Razones personales… — acabó por decir.
— El Padre Zárate — comienza a decir la secretaria — ya no es Padre; es o-bis-po y ya no trabaja en esta iglesia. Está en la arquidiócesis de Ciudad Valles.

Mario soltó una bocanada de aire y se hundió en la silla. Se sentía tan pendejo por pensar que luego de 20 años lo iba a encontrar predicando en el mismo lugar. Se levantó de la silla y antes de que se pudiera despedir lo interrumpe la secre:

— Si te urge mucho verlo — dijo, por fin levantando la vista — lo puedes encontrar en el rancho de los Romero. ‘Orita anda de visita porque vino a bautizarles un niño y como esa gente es de dinero lo trajeron hasta acá en helicóptero.
— Ah, órale — dijo Mario — muchas gracias.

Mario iba pensando en cómo le iba a hacer. El rancho de los Romero, los más ricos de la región desde siempre, estaba lejos de la ciudad. Así que para empezar se tenía que chingar e ir hasta allá a pie.

Hora y media caminando le hicieron pensar en cómo hacerle ahora ya no era tan simple como ir a una iglesia sola y meterle un balazo en el ojete al cabrón pederasta que había abusado de él. Nada más de acordarse lo invadía un coraje inmenso. De acordarse de las «paletas» insípidas, amargas y llenas de pelo que le obligaba a chupar. De sus manos llenas de manchas hepáticas por todo su cuerpo. Qué asco… Mario no pudo aguantar más y vomitó las carnitas que hora y media atrás había comido gratis.

Cuando se reincorporó una camioneta se orilló y uno de los que iba arriba le preguntó si sabía soldar. Mario sin pensarlo contestó que sí y le dijeron que si les ayudaba con un trabajito en un rancho de más adelante le iban a dar cincuenta pesos. La cara de Mario se iluminó y se trepó a la camioneta.

IV

— ¿Y este puto quién es? — pregunta un hombre con sombrero vaquero, presumiblemente el capataz.
— ‘Pos es que necesitamos quien solde las rejas y el joto del Julio se fue ‘pal otro ‘lao. Este wey se llama Mario. Dice que sabe soldar y le pagamos lo del Julio.
— ‘Ta ‘güeno hombre. ‘Nomás por hoy pero dile que te enseñe a soldar, pendejo. Ahora que se vaya tú te vas a encargar ‘deso — ordena el capataz.
— ‘Ta bien — responde la persona que subió a Mario — órale, ‘ámonos. — Le ordena a Mario mientras se vuelven a subir a la camioneta. — El equipo está allá en la bodega al lado de ‘anca los patrones. ‘Nomás lo recogemos y nos vamos pa’ donde tienen las rejas.

Mario asintió y volteaba para todos lados. Lo único que quería era ver si alcanzaba a ver a ese hijo de puta. Pero no, seguramente estaba en uno de los cuartos.

—Ándale cabrón, apúrale que tenemos que acabar de volada— le dicen a Mario.— Y deja ahí tu pinche mochila que luego te van a andar trasculcando para ver si te robaste algo.

Y Mayito le pensó, pero lo más inteligente le pareció dejar su mochila en la camioneta, porque si le encontraban la fusca para ver si se había robado le iba a ir mucho peor.

Ya sin plan en la cabeza, Mario le enseñó a soldar al otro tipo y juntos acabaron una reja en un buen rato. El haber estudiado mecánica y electrónica al menos le había hecho a Mario el ganarse sus primeros cincuenta pesos luego de meses de desempleo.

—Oye, ¿Y cómo te llamas? — le pregunta Mario.
—Soy Rodrigo, pero aquí en la obra me dicen el Guaguas.— le responde.
—Ah, órale. Oye, ¿Dónde puedo ir al baño?
—¿Vas a ir a cagar o ‘nomás vas a miar?
—No ps…— dudó Mario —traigo como que ganas de hacer del dos.
—Jajajaja, ¿Hacer del 2? No sea joto mi Mario. Mira, si tienes que cagar allá al fondo hay unos baños donde hacen los invitados. No la hagas de pedo y no te tardes mucho.
—Gracias —le contesta Mario mientras se apura a tirar los microbios que las carnitas hubieran introducido a su cuerpo.

Pero antes de llegar al baño notó que había un monaguillo con lo que parecía ser una sotana parado afuera del baño. En ese instante todos lo recuerdos llegaron a la mente de Mario. Aunque no recuerda bien la primera vez que fue abusado sí recuerda las más dolorosas, las veces que llegaba a su casa y ni siquiera se podía sentar a comer por el ardor en el culo que se lo impedía.

Como un toro salvaje, Mario se abalanzó sobre la puerta, la abrió y la cerró tras de él. Buscó por cada uno de los inodoros hasta que por fin, frente a él, estaba el Padre Zárate, ahora Obispo Zárate. La furia encegueció a Mario que no vió al frágil viejo de 81 años sino que vió al viejo que abusaba y atormentaba de él. El anciano comenzó a gritar mientras era zarandeado y recibió unos buenos golpes a la jeta para calmarlo.

—’Ora sí padrecito, ¿A que no se acuerda de mí?— le preguntó Mario en tono burlón. —¿Ya no se acuerda que usted me tocaba cuando era monaguillo pinche viejo cochino?

Con la boca tapada, el obispo Zárate le hizo ver con movimientos de cabeza que sí lo reconocía para crear empatía, aunque en el fondo de su cochina cabeza pasó una marcha interminadble de niños a los que había abusado y, pese a que en su momento cada uno fue especial, no podía recordarlos a todos y mucho menos visualizarlos como un jóven adulto.

—Así es, cabrón— siguió diciendo Mario al caer en la trampa del padrecito. —Soy Mario, hijo de su puta madre. El Mayito. 2 pinches años usted abusó de mí, cabrón. 2 pinches años que me traumaron de por vida y que al final acabaron por hacerme joto. Ahora vengo aquí de nuevo para regresarle el favor.

Y terminando de decir esto, Mario volteó al padrecito de espaldas mientras escuchaba ya los azotones a la puerta de la gente que escuchó los gritos y fue a ver que pasaba. Ya en la desesperación dejó de taparle la boca y dejó que gritara. Como ya tenía los pantalones que llevaba bajo la sotana a la altura de los tobillos, Mario nada más tuvo que empinarlo y separarle las nalgas ancianas que apretaba con tanta fuerza el viejo para no dejarse penetrar. Pero no podía, no era lo mismo separar las nalgas de un niñito que las de un adulto que con todas las fuerzas de su anciana vida no se iba a dejar mancillar así. Como último recurso, Mario comenzó a golpearlo contra la pared hasta que por fin aflojó un segundo y en ese momento de descuido se la dejó ir toda.

—¡¡¡ME ESTÁN VIOLANDO!!!— gritó con todas las fuerzas de su humanidad el obispo Zárate mientras Mario batallaba para dejársela ir y pujaba y empujaba con todas sus fuerzas hasta que en uno de esos empujones contra la pared escuchó y sintió el tronar de huesos. Al levantar la vista notó la cabeza del ex-padrecito ir de un lado a otro como cuando su madre solía matar a las gallinas para hacerle un caldo.

Fue en ese momento que se dio cuenta que estaba acorralado, tratando de buscar una salida escuchó cómo se rompía la puerta del baño y un millón de manos y puños le caían encima.

EPÍLOGO

El matar y violar en el baño a una figura eclesiástica en un pueblito altamente religioso es lo peor que puedes hacer. Torturaron y lincharon a Mario en un ritual que duró aproximadamente dos horas. Lo apedrearon, le cortaron pedazos de piel y lo cubrieron de sal para después aventarlo sobre brazas ardientes de carbón una y otra vez hasta que por fin lo colgaron en la plaza del pueblo en un evento donde hasta la misma policía Municipal participó.

Pero al final, el que perdió el empleo y también recibió sus azotes de manos del capataz fue el Guaguas. Al menos así aprendió de la manera difícil que no había que ofrecerle trabajo a extraños ni mucho menos meterlos a casas ajenas.

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a/s/l? 20+/M/Mx

8 Respuestas a “Predicando con Tolerancia y Golpes de Amor

  1. romanninsky

    Too Long To Read…….a verda? que se siente?

  2. pero que trajedia

    (que nadie lo vaya a leer completo)

  3. urielo0025

    ¡¡A no mames!! Pinche padre Zarate, en mi final Mario lo penetra con la pistola y le dispara volando sus viseras por todos lados, jojojojo esta locochon el cuento, saludos

  4. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia… ¿verdad?

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