¿Quisieras conocer mi retrato?

Este escrito nos lo envía una amiga de Sudamérica que prefiere permanecer anónima.



Pues déjame contarte algo sobre mí. Me llamo Renata y tengo 27 años.

Ahora bien, tal vez notes mi cara afilada, mi baja estatura o cualquier otra característica que destaques en mi exterior; si eres observador, hasta advertirás la eterna rebeldía de mi cabello ondulado a cualquier moda que se le pretenda imponer. Pero…
Ojalá te detuvieras ahí.

Lo cierto es que si continuaras y me preguntaras quién soy; es decir, quién soy en realidad, me colocarías en un verdadero dilema. Mis memorias no son siempre prudentes, ni forzosamente razonables. Son más bien intermitentes, y a ratos, olvidadizas; porque así es precisamente mi vida.

Recuerdo algunos juegos con mis primos, el caldo frío de pescado y las eternas horas en la mesa esperando ver que me llevaba esa noche mi mamá después de las largas jornadas de trabajo.
Dicen también, que cuando mi padre supo que yo había sido niña, no dudó en ponerme su mismo nombre. Sin embargo, muchos de mis recuerdos de entonces, se han ido borrando con el tiempo, y se han transformado en polvo, como un cristal infinitamente roto.

Mirando un poco más adelante, tras un certero golpe de infame realidad, mi memoria se agudiza, tal vez porque madurar a los siete años no es algo que se olvide fácilmente. Pero tomándolo por el lado más positivo, recuerdo haber valorado realmente mi vida, justo en ese momento y por vez primera; principalmente recuerdo haber decidido, casi inconscientemente dentro de todo ese mundo interno de ideas que entraban y salían sin control de mi cabeza, que todo y nada era tan obtusamente inútil para no ser tomado en cuenta, y que todo y nada era tan infinitamente grave para modificar terminantemente mi camino.

Así que cuando la adolescencia me pegó prematuramente, recuerdo que preferí vivirla intensamente, día tras día, disfrutando de igual forma la compañía y la soledad, la realidad y la fantasía, las alegrías y las vergüenzas.
Pero sobre todo, decidí que mi hermano sería siempre mi mejor amigo. Fue un buen momento para leer poetas románticos y abrir los poros a las aventuras más desvariadas (siempre con mi hermano de la mano). Considero a la adolescencia como el último juego del niño que empieza a ser ferozmente devorado por una vida de adulto la cual cada día se le vuelve más realidad. Al menos eso fue para mí, por lo que todo ocupó (y ocupa todavía), un lugar privilegiado en mi memoria.

Pero todo en esta vida termina por cansar, y a los dieciocho años decidí hacerme la interesante y jugar un nuevo juego. Nuevas cosas empezaron a llamarme la atención: la introspección, la ambición por saber, la excelencia. ¿Raro, no?. Es decir, comencé a escuchar música de los Beatles, sencillamente porque es la banda más exitosa del mundo. También recuerdo haber leído, aunque no estoy muy segura de dónde, una cita de Mark Twain: “Actúa siempre con acierto, eso tranquilizará a algunos y asombrará al resto”. En ese momento me pareció una buena idea, y aún hoy, en algunas ocasiones y con determinados círculos sociales me gusta aplicar el concepto.

Pero sobre todo, aprendí a percibir mi realidad y a razonar al respecto. Es impresionante lo que una buena canción, un par de vivencias notables y un particular estado de ánimo logran sacar de ti en un momento de pura y sana soledad y me convirtieron en lo que ahora soy, lo que sea que eso signifique.

Así que ahora, sigo mi travesía cargando siempre una diminuta maleta, llena de grandes ideales y pequeñas esperanzas, de mi conciencia y mis sueños más caprichosos. Me gusta llevar conmigo el retrato de cada persona que me ha ayudado, queriéndolo o no, a ser quien soy. Llevó también varias imágenes de mis momentos importantes y de las historias notables y continuas que nunca han de faltar en una conversación vespertina. Pero sobre todo, llevo mi máximo esfuerzo, y mi firme intención de dar más pasos hacia delante que los que se me obligue a dar hacia atrás. En cuanto a los momentos difíciles, creo que he tenido muchos y de la más variada índole, pero en cambio he pasado momentos maravillosos que, tal vez sin merecerlos, he disfrutado infinitamente.

De tal manera que, considéralo o no, puedes presumir que, al menos en este mismísimo segundo, me conoces; aunque cierto es que nunca nadie conoce realmente a nadie, y sin embargo, todos somos siempre lo mismo.

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