Nunca le preguntes a una mujer…

“¿Por qué estás sentada sobre las 19 tragedias?”

(Aunque sea cierto)

Nunca le preguntes a una mujer...

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También: soy malo para regatear. El otro día vi una playera que me gustó pero era la única que no tenía etiqueta con el precio. Le pregunté al encargado, quien inmediatamente puso cara de absoluto desconcierto. Me dio un precio y, dado que el lugar no era nada elegante ni exclusivo, le dije que le pagaría un 15% menos. “No sé” me dijo “ahorita que regrese mi cuñado”.

Insistí en mi oferta y esperé, pero solo obtuve la misma respuesta. Decidí irme pero darme otra vuelta por ahi, total me quedaba de camino al regresar. Para entonces ya estaba el cuñado ahí y me dió el precio correcto: el doble de lo que me habían dicho al principio.

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Sinceramente nunca he comprendido cual es la fascinación de la gente por la comida caliente. Mientras no se trate de uno de esos horribles casos como el caldo de pollo helado, en que la grasa se coagula, a mi me resulta indiferente. Por eso en una ocasión en la que ya no recuerdo claramente el motivo, por allá del sexto año de primaria, íbamos a hacer un convivio. Mi escuela de entonces era rara, no teníamos mesabancos ni pupitres individuales ni de a dos sino mesas redondas con cuatro personas en cada una. Esos grupitos de cuatro eran los que se iban a coordinar para llevar los alimentos que íbamos a consumir al día siguiente. En mi mesa acordamos que sería pizza y yo, siendo ingenuo y bobo (cosas que todavía no me logro quitar) me ofrecí a llevarla.

A la mañana siguiente llegué con una pizza extra grande y me extrañó ser el único con alimentos visibles de todo el salón. Al entrar a clase mis compañeros de mesa me dirigieron una mirada extraña pero no le di importancia. Solo uno me dijo que como se me ocurría. Hasta entonces me di cuenta de mi error y la verdad todavía le agradezco la sinceridad porque de haberse conformado y no haber dicho nada y haber comido la pizza al mediodía, helada, como si nada como hicieron los demás, lo más seguro es que yo siguiera sin darle importancia al detalle de la comida servida caliente. Al menos como una consideración para con los demás.

Pero en el fondo me quedaba la duda ¿De dónde iban a sacar la pizza los compañeros de las demás mesas? La respuesta llegó poco antes de la hora del convivio: empezaron a llamar a compañeros de parte de la dirección, que pasar a recoger algo que le habían traído sus papáses.

Me sigue pareciendo de lo más impráctico, pero supongo que en el sexto año todos los padres y madres todavía aman incondicionalmente a sus hijos.

(Menos a @prozak que creció sin amor)

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